LA VENGANZA DE EZEQUIEL

«No niegas que la violencia existe pero no la sufres en tus propias carnes. Tus ideales probablemente podrían resumirse con la frase de Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

Pero si la violencia invade tu vida, ¿serás capaz de mantenerlos o descubrirás que la antigua ley del talión representa mejor tus sentimientos? Entonces, probablemente, abrazarás la filosofía de Malcolm X: “Si alguien te pone las manos encima, asegúrate de que no las pone encima de nadie más”.

Curas torturados y asesinados, un juicio pendiente por pederastia en el seno de la Iglesia. La Policía Nacional y la Ertzaintza tendrán que trabajar codo con codo para llevar a los culpables ante la justicia, antes de que el asesino continúe tomándose la justicia por su cuenta, mientras la opinión pública defiende la ley del talión: “Ojo por ojo y diente por diente”.

Dos investigaciones cruzadas que pondrán contra las cuerdas la relación entre Javi e Izaskun, al frente de las comisarías de Bilbao y San Sebastián. Mientras, un secreto familiar que conoce todo el pueblo, ha resurgido con la vuelta de Izaskun a Hondarribia, que tendrá que decidir si quiere conocer la verdad sobre su pasado.

Y una pequeña muestra:

Mayo de 2019

Desde que unos meses antes un periódico nacional había destapado varios casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos y encubiertos por la Iglesia, en la Ertzaintza no se hablaba de otra cosa.

Imanol era un joven ertzaina que pertenecía a la brigada de seguridad ciudadana de Bilbao y solía coincidir en el gimnasio con un compañero de delitos sexuales. Desde que su colega le había comentado algunas de las atrocidades cometidas contra los menores por los sacerdotes, el agente sufría terribles pesadillas, en las que se veía perseguido por alguien con sotana por los pasillos de su antiguo colegio. La falta de sueño estaba afectando a su trabajo y decidió ponerse en manos de un terapeuta para tratar de evitar aquellos malos sueños. Pero lo que descubrió en las sesiones con el psicólogo fue que esos sueños eran recuerdos, y no pesadillas alimentadas por las noticias de las últimas semanas.

Imanol no podía entender que hubiera enterrado esos hechos, hasta el punto de no ser consciente de que le había ocurrido algo semejante, veintitrés años antes. Le pidió a su colega que comprobara, por favor, si alguno de los denunciados se llamaba Pascual Romero, profesor de su antiguo colegio, alegando recordar que algún compañero había dicho alguna vez que odiaba quedarse a solas con él. Su amigo le pidió también el nombre del colegio y, un par de días después, le confirmó que ese centro no estaba entre los denunciados, ni aparecía el nombre de aquel profesor entre los acusados en los otros centros católicos.

Imanol estuvo varios días dudando de esos recuerdos que habían aparecido de repente tantos años después y, aunque el psicólogo le había explicado que era una respuesta natural ante un evento traumático, él seguía sin saber si podía confiar en su propia mente. Decidió hablar con su superior de sus sospechas.

–Imanol, no puedes ir acusando por ahí a un colegio de tanto prestigio, sin estar seguro. Podrían denunciarnos por calumnia. ¿No crees que te has podido ver influenciado por las noticias? –le rebatió su jefe.

–No estoy seguro de nada. Parece todo tan real…

–Creo que lo mejor es que te tomes unos días libres para descansar e intentes aclarar tu mente –le aconsejó.

Durante la semana que estuvo de baja, Imanol se convenció de que aquellas imágenes ciertamente eran recuerdos. Eran varias las voces que habían iniciado una teoría conspiratoria entre la policía autonómica y el clero, que ostentaba desde hacía décadas un gran poder dentro de la sociedad vasca. Y el joven ertzaina se decidió a presentar la acusación en la Policía Nacional. No sabía si el profesor seguía dando clase en el colegio y, aunque era consciente de que el delito había prescrito, era algo que necesitaba averiguar. Con la ley actual las víctimas tenían quince años a partir de su mayoría de edad para denunciar, y a Imanol se le había agotado el tiempo unos años antes. Existía un proyecto de ley que pugnaba por modificar esa edad y subirla hasta los treinta años, pero para él ya era tarde.

La Policía Nacional tuvo que informar a la Ertzaintza de la tramitación del expediente, ya que en el País Vasco esos casos no eran de su competencia, pero el comisario Echevarría tenía especial interés en investigar la denuncia y llegó a un acuerdo con la Ertzaintza, que necesitaba operar en otros territorios para esclarecer toda la investigación, debido a que varios de los acusados habían sido trasladados a colegios de la orden correspondiente en otras provincias. Como el caso de Imanol no estaba entre los inicialmente investigados por la Ertzaintza y, como ejemplo de transparencia en la investigación, después de haber sido acusados de no hacer todo lo que debían por amiguismo con el obispado, el caso de Imanol quedó en manos de la Policía Nacional.

Los investigadores de delitos sexuales sabían que los depredadores sexuales no paraban y que habría más víctimas a lo largo de los años. Koldo y su equipo buscaron la manera de acercarse al colegio y se les ocurrió aprovechar el proyecto piloto de charlas para concienciar a los adolescentes sobre los peligros de las redes en materia de ciber acoso y pornografía, para acudir al centro y tratar de investigar todo lo que pudieran.

Noviembre de 2019

Cuando empezaron a destaparse casos de pederastia en dos colegios de Bilbao, Alicia no podía imaginar que su propia familia iba a verse envuelta en un drama semejante en poco tiempo. Eneko cursaba segundo de secundaria cuando un día llegó a casa y contó a su madre que uno de los profesores del colegio había estado abusando de él durante los últimos tres años.

–Eneko, pero ¿cómo no nos lo dijiste desde el primer momento? ¿Cómo no nos hemos dado cuenta? –se lamentó su madre con lágrimas en los ojos.

–Lo intenté. Os dije que no quería continuar con las extraescolares de ciencias, pero vosotros me dijisteis que era imposible que vinierais a recogerme antes y que tenía que seguir con ellas.

–Hijo, lo siento. Pero no dijiste lo que pasaba. Pensamos que simplemente querías venir antes del colegio y aprovechar que no estábamos para jugar con la play.

–No sabía cómo contarlo –contestó él, avergonzado.

–Eneko, perdona, no pretendía echarte la culpa. Cuando venga aita tendremos que hablarlo con él e ir a denunciarlo a la policía.

Eneko le alargó un papel a su madre con un teléfono escrito. Encima ponía “POLICIA NACIONAL: atención a las víctimas”.

–¿Esto qué es? –preguntó Alicia sin saber si su hijo ya había hablado con la policía.

–La semana pasada vinieron dos agentes para dar unas charlas sobre los peligros de las redes sociales. Comentaron que determinados vídeos con contenido sexual cosificaban a las chicas y fomentaban la violencia de género. También hablaron del ciber bullying o del riesgo de anorexia o bulimia al querer ser como los influencers.

–¿Y dices que lo impartieron dos policías?

–Sí. Nos explicaron también el código penal en cuanto a delitos cometidos por menores o contra menores. Y en ese momento, hablaron también de abusos sexuales dentro del ámbito familiar, escolar, … Nos explicaron que, en caso de considerar que se está cometiendo una agresión contra la integridad de otra persona, bien física o moralmente, debíamos denunciar. Y más si éramos las víctimas, porque no teníamos nada de lo que avergonzarnos, y además eso podía impedir que otros niños pasaran por lo mismo. Y repartieron estos papeles con el teléfono.

Alicia solo pudo acercarse a su hijo y abrazarlo. Esperaba que eso le demostrara que estaba con él e intentaría protegerlo a partir de entonces. Si hablaba, sabía que lo primero que saldría por su garganta sería un grito de horror, culpa y rabia.